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La primera vez que reflexione sobre la muerte tenia 8 años, pronto cumpliría 9, en unos meses y me sentiría mucho mayor, casi llegaría a los 10 y eso me fascinaba.

¿Pero que puede saber un niño sobre la muerte?. Es algo que se encuentra presente pero a lo que no le damos importancia en aquellos años donde solo nos importan las historietas, tardes de juegos o risas y tonterías de niños, en esos años no solemos preocuparnos por aquello que suele agobiar a los adultos.

La muerte se presento en mi vida de una forma muy extraña, como la dama blanca que sueles imaginar cuando te piden que cierres los ojos y pienses en ello, por lo menos es así como la imaginaba yo, como una dama blanca. Aquella tarde yo simplemente admiraba los extraños acontecimientos del día, Marzo y el año 2004, le vi sacar una silla de madera al patio de la casa al lado del pequeño cerezo que se encontraba plantado allí.

Totalmente fuera de lugar en el pequeño patio trasero de una casa en los suburbios de la pequeña ciudad, la mañana era tibia, como deben ser las mañanas de primavera, ella allí, tan frágil y tranquila solo mirando el ir y venir de dos pequeños gorriones que jugueteaban y revoloteaban creando un pequeño alboroto. Recuerdo haber querido preguntarle por la razón de que no fuera aquel día a la iglesia, como cada lunes, como todos los lunes, hasta aquel.

Solía reprenderme si no asistía los domingos a la misa antes de llevarme a comer quesadillas o comprar un helado. Extraño los domingos, la plaza, la gente y su mano arrugada tomando la mía, llegando a casa los domingos preparaba galletas y té de manzanilla para la merienda, después pasaba la tarde sentada una mecedora escuchando sus viejos vinilos de música.

Ciertamente le extraño, ¿como no extrañar a la persona que te cuido cuando niño?, a quien te llevaba de paseo los sábados por la tarde, cuando tu hermana se encontraba en sus clases de baile y mamá preparando la cena. Un paseo largo al parque del sur de la ciudad, leer un poco y disfrutar de las anécdotas que ella contaba despacio y con una voz suave. Siempre me gusto su voz, la voz de una enfermera, tranquilizadora y llena de calma.

Aquel lunes por la tarde después de la escuela, algo había cambiado. Ella no estaba allí, esperando como siempre a que saliéramos y lista para preguntar sobre un día normal, dispuesta a comprar un par de barras de chocolate cómplice de sus nietos, así era mi abuela.

No le di importancia a no verla esperándonos aquel día, probablemente no habría imaginado lo que sucedería después, la madre de la mejor amiga de mi hermana nos esperaba en su camioneta frente al portón de la escuela, siempre fue muy amigable y graciosa. De camino a su casa nos dijo que mamá y la abuela tuvieron una emergencia y que nos recogerían en la noche cuando lo hubieran resuelto.

Al llegar a su casa comimos y al igual que siempre que le visitamos pase la tarde viendo T.V., terminando tarea, sin dar mucha atención a lo que sucedía. Tal vez sabia que algo estaba apunto de suceder, probablemente lo pude saber desde aquella mañana, pero no entendía aquella sensación de vació en la boca de mi estomago, miraba el reloj continuamente desde que dieron las 6 pm, esperaba sentado en la cocina escuchar el timbre e ir a casa sentado en el asiento trasero del auto de mamá.

Debo haberme quedado dormido esperando algo que nunca sucedió, desperté en casa, en mi habitación, bajo la colcha de mi equipo de futbol favorito. Eran las 10 am, y no me había despertado a tiempo para ir a la escuela, baje a la cocina en busca de mamá pero solo estaba mi tía hablando por teléfono, al verme termino la llamada y me pregunto si quería desayunar.

Mamá y la abuela no estaban en casa, mi tía no me decía nada sobre lo que ocurría, y durante los próximos días mi vida se resumió en ir a la escuela, regresar a casa y hacer tarea. Olvidaba la ausencia de mi abuela y de mamá con ayuda de mi mejor amigo, quien me visitaba después de la escuela hasta que le recogían a las 7pm.

El sábado fue el día mas gris que tuve, mamá llego a la casa en la tarde, su cara estaba triste, no hablo mucho, solo nos abrazo a mi y a mi hermana pequeña. Nos llevo a la sala y cuándo estuvimos sentados en el sillón, nos pidió que no llorásemos con la noticia que tenia que darnos. La abuela había enfermado el lunes por la mañana y la había llevado al hospital, paso allí la mayor parte de la semana cuando no estaba en casa, el trabajo le había hecho sentir la semana muy larga. Pero la noche del viernes todo término, la abuela murió mientras dormía, el funeral seria el miércoles, y por primera vez me sentí solo.

No sabia exactamente que significaba que la abuela estuviera muerta, tal vez no quería saber que era lo que significaba, simplemente me sentía abandonado, solo en la inmensidad de algo que no quería afrontar. ¿Qué significaba morir?, ¿Qué significaba no volver a despertar?, ¿Qué significaba ir al cielo?, ella me había contado alguna vez sobre ello, cuando una persona es mayor y a sido buena, el señor la lleva con ella a su reino mientras duerme. Así me describía a la muerte, si ahora lo pienso era una forma bonita de hacerlo, una manera de hablar sobre un tema así con un pequeño lleno de curiosidad por las cosas de la vida.

Y mi curiosidad también moriría aquella noche, la noche de un gris sábado, no conseguía dormir, mis pensamientos solo se volvían cada vez mas complejos y la complejidad en ellos no se marcharía. No podía llorar, por alguna extraña razón, aunque ahora me repita que simplemente me había vuelto mayor, en aquel momento en el que tome conciencia de que las personas que quería en algún momento, algún día en muchos años, cuando al igual que la abuela fueran mayores, caminaran más despacio y hablaran bajito, cuidando sus palabras.

Entonces también dormirían una noche y no despertarían al día siguiente, pero no quería que tuvieran que dormir en un hospital, la abuela había trabajado en uno durante su juventud, era enfermera, lo fue hasta que tuvo que jubilarse, disfrutaba mucho de su trabajo. Pero siempre tuvo miedo a terminar en una de esas camas, rodeada del beep beep de los monitores de signos vitales, sueros y el aroma a hospital.

El día de su funeral todos estaban tristes, nadie lloraba pero todos se encontraban serios y silenciosos, ella parecía dormir tranquilamente dentro de la caja de madera en la que se en encontraba, tenia que subirme a un banco para poder verla, con las manos cuidadosamente entrelazadas sobre su pecho, los parpados cerrados y un color mármol en su piel.

Tal vez todos lo asimilan de diferente forma, tal vez todos entendemos la muerte de una manera única y los niños solo ven la muerte como un sueño mas largo, del cual despertamos en un lugar mejor. Y si piensas en el color de la muerte, seguramente seria blanco, blanco como el de las mariposas que revoloteaban aquel día en el panteón.

¿Habéis escuchado hablar alguna a vez de las mariposas?

Seguro que si, en poemas, historias, cartas y en todos lados.

A mi me gustaba mucho una historia que ella solía contarme, siempre que se lo pedía, las personas que mas queremos y han muerto van al cielo. Pero pueden visitarnos cuando nos sentimos tristes y les recordamos, nos visitan forma de mariposas blancas.

Y ella me a visitado los últimos días, tal vez sea que me invade la tristeza o que estoy preocupado por una chica, tengo miedo de que viva lo mismo que yo aquel sábado gris, me preocupo por lo que en estos días vuelvan complejos sus pensamientos.

Con sus 19 años se siente como una niña pequeña con miedo de que su abuela duerma y no despierte mas, solo quisiera que entendiera que las mariposas blancas siempre estarán cuando este triste y el blanco es el color mas bonito.



La muerte solo es un sueño que nos lleva al cielo. 
Y siempre te cuidare desde allí mi niño.

Guadalupe Martínez Pérez.

Zoé Z. Márquez Martínez

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