Escalofríos
"El tiempo es el enemigo más mortal, a veces sana y otras mata.”
-Lenna-
Los malos hábitos son difíciles de superar, por mucho empeño que pongo en ello, mi rutina continúa siendo la misma cuando el calendario llega a octubre. Una cuenta regresiva inicia desde el día 31 al día 0, partiendo de un no cumpleaños a un aniversario.
La ventana ocasionalmente deja entrar un haz de luz en la habitación perpetuamente en penumbra, la mesa de madera color caoba se encuentra frente a ella, una máquina de escribir se detuvo en el tiempo. Nunca supo el por qué no paso del titulo en aquella hoja en blanco, simplemente el escritor había cerrado la ventana, corrido las cortinas y salido de la habitación en aquella fría mañana de marzo.
Jeff y Harry observaron todo desde una de las repisas del librero, justo entre IT y la Antología de Cuentos de Edgar Allan Poe. Tenia un par de años que el borrador de su historia había terminado allí, era normal que el escritor no publicara muchos de sus trabajos, en ocasiones solo los guardaba o dejaba incompletos.
Harry hizo una mueca de intriga, luego miro a Jeff y dijo: -Ya está, se volvió a marchar la inspiración-. Jeff sonrió ligeramente, sabia que la inspiración volvería eventualmente, acompañada de un aroma a licor y cigarrillos. -Nunca se marcha de verdad, solo es la tristeza que le hace zozobrar en su barco de papel- respondió con su voz llena de tranquilidad.
La habitación permaneció igual durante semanas, hasta que un caluroso día de verano el escritor entro en ella, la brisa creada por la puerta al abrirse levantó una pequeña nubecilla de polvo que se desvaneció tras un vuelo rápido sobre la alfombra. Colocó una pequeña cámara fotográfica al lado de la máquina de escribir, junto a unas fotografías instantáneas donde retrato la sonrisa y la mirada de su musa.
Tomó la guitarra que se encontraba sobre el sofá negro donde solía leer cada uno de los libros que tenía, aquellos que le compartían ideas, personajes y mundo diferentes. Así el escritor nuevamente salió de la habitación dejándola en un silencio taciturno.
Los días siguientes el murmullo de los acordes de guitarra y los versos en construcción se colaban por debajo de la puerta. Harry leía a John Green mientras Jeff repasaba el viejo cancionero, gastado y arrugado de algunas páginas, resguardaba los momentos de años atrás. La mayoría de las canciones tenían el mismo tono gris y melancólico, cambiando las emociones en una explosión de recuerdos. Nunca se repetían, parecían complementarse entre ellas, desde Remember y los tiempos de sueños de papel, hasta The Lost Poems y las metáforas sobre el amor.
La tinta de varios bolígrafos se derramo en cada una de las páginas que componían los inéditos a tinta. -Es curioso- Exclamó Jeff, sacando abruptamente a Harry de su introspección. -Son buenas canciones, no entiendo la razón por la que no las da a conocer- Argumentó como si se tratara de un experto catador de música.
Harry suspiró y miro hacia la ventana, extrañaba mirar el patio, el viejo árbol al final del jardín frente a la cabaña, el campo donde la pequeña gatita Mishi solía cazar cuando nadie estaba en casa y podía ser libre en sus aventuras. -Tal vez… Es porque son para ella, ya sabes la chica de la sonrisa de cera- Respondió en un murmullo.
“Su sonrisa de cera, sus ojos descafeinados invitan a escribirle, a recitarle, a leerle y convertirle en algo más que simple literatura.”
Aquella frase era el epitafio del cancionero, apuntada en el último renglón de la última página. Para el escritor era tan natural la inspiración que ella le aportaba, la convirtió en personaje de sus historias, la metáfora de sus poemas y la constante que le regresaba a la realidad en medio de sus desvaríos de locura en noches interminables.
El otoño anunciaba el inicio de una temporada llena de idas y venidas entre el insomnio, la lluvia, el frio y la neblina que cubría las calles por donde paseaba en busca de historias para contar, mientras las madrugadas parecían eternas.
Harry extrañaba ver al escritor sentado frente a la maquina de escribir, construyendo cuidadosamente la organización de palabras que daban vida a cartas sin remite o microrelatos para el insomnio. Jeff por su parte anhelaba el aroma a café y el ronroneo de la pequeña Mishi dormitando en el sofá, esta vez la inspiración realmente se había marchado por completo.
Entonces, la noche del día 31, el día del aniversario. El escritor entro lentamente a la habitación, se movía despacio como si quisiera redescubrir cada uno de los detalles que se encontraban en ella, miro las fotografías durante mucho tiempo, sonreía, pero parecía triste. Enajenado en flashbacks de aquellos momentos que le dieron tanta alegría, recordaba los globos de cantoya, su vestido amarillo, su sonrisa radiante y la primera vez que reparó en ella.
Leyó nuevamente el titulo que quedo pausado en el tiempo hasta ese momento: “Escalofríos”, rio levemente y las lagrimas rodaron por sus mejillas, su primera cita como pareja había sido aquella película, peculiar historia. La disfrutaron tanto, rieron tanto, soñaron tanto… Que al final el tiempo es relativo para quienes recuerdan los mejores momentos.
Se sentó frente a su fiel confidente y una a una dejó fluir las palabras, poco a poco, la hoja en blanco se fue llenando de emociones. La idea de compartir lo que sentía a través de historias, siempre estuvo en él, solo que ella le dio un por qué. Harry y Jeff sonrieron desde la repisa del librero, el escritor había regresado con un nuevo proyecto que evocaba todo aquello que se encuentra entre silencios y descartes.
PD. A una chica con sonrisa de cera.
Realmente no puedo imaginarme como escritor sin las piezas que me ayudaste a encajar, era un puzzle sin sentido. Aportaste en mi: distintas formas de ver la vida, palabras sencillas, locura y alegrías.
Le diste un tono único a mis canciones, me enseñaste las tonalidades y los polos de las emociones, enfrentaste mis demonios y sanaste mis heridas. Eres la flor de loto de mi vida, la musa que continúa aportando inspiración a mis noches.
Desde Je T'aime Luane, Mas Alla de la Luna y Estaciones Grises, hasta Entre Silencios y Descartes, no encuentro mejor manera de agradecerte, que escribirte e inmortalizarte en mis historias.
Te quiere, un escritor.
Autor: Zoé Márquez Martínez
(Un Gato Negro Escritor)

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