Virtual Love

Entre al ciber con prisa, había pasado el fin de semana terminando los trabajos para el parcial de la universidad. Pero como siempre, mi mala costumbre de dejar todo a última hora me hizo terminar en aquel lugar. Eran las 4 de la tarde y con suerte tendría tiempo para cenar antes de las 7 de la noche. 

Ilusiones mías, siempre tan optimistas y desvanecidas tan pronto la inamovible realidad se cruzaba en mi camino. Una chica muy atenta algo bajita, de cabello con chinos, ropa deportiva gris y una sonrisa que le daba seguridad ante el mundo, me saludo simpática. Yo le explique mi problema buscando donde serigrafiar un par de CD’s necesarios para lunes por la mañana. 

Sin dejar de sonreír, me dijo que no habría problema. En unos minutos estaría solucionado por la módica cantidad del equivalente a un desayuno en el bar de siempre. -Perfecto- pensé. Tendré tiempo de regresar a casa, bañar a Meztli y Lilith mis cachorros dóberman y cenar. Para luego terminar el reporte que llevo semanas posponiendo. 

Ese era el plan, por lo menos hasta que su sonrisa se desvaneció, en su rostro se dibujo duda y preocupación. -Creo que no encuentro el programa, la computadora es nueva y…- guardo silencio. -¿Tienes prisa?- preguntó. Yo imagine mi rostro reflejando frustración. Ciertamente eso me buscaba por haber pasado el día debatiendo con mis demonios si salir en domingo al mediodía. 

-Creo que no.- Respondí. Evaluando las posibilidades para solucionar aquel contratiempo. Quizá solo buscando el instalado del programa, no mas de 12 minutos de instalación, unos 8 más mientras la impresora hacia su trabajo. Todo estaría bien. Ella se dirigió hacia afuera del local, cruzo la calle y le hablo a alguien en la tienda de enfrente. 

Era el dueño del ciber, Ingeniero Informático que conocía de tiempo atrás, bueno no yo exactamente, pero si mi padre. En esta ciudad es difícil que los habitantes no se conozcan, por lo menos a mis padres imagino que en aquella calle, mínimo 10 personas lo reconocerían. La chica regreso, sonrió nuevamente y comenzó a buscar el disco de instalación en carpetas repletas de discos con diferentes rótulos, desde Windows hasta Ubuntu. 

Suspire y mire mi teléfono, no tenia señal. Bueno, supongo que el local era un bunker antibombas. Eso seria divertido y bastante útil en caso de una guerra o de un apocalipsis zombie. Si, lo cual no era probable, ninguna de las dos opciones. Pensé en leer la novela de ciencia ficción de turno, solo me faltan 200 páginas para terminarla. Tiene una trama atrapante y realmente quiero saber cómo se resuelve el misterio. 

El ingeniero entro al local. Se dirigió detrás del mostrador y le hablo a la chica. -¿No lo encuentras, hija?- Dijo despacio. Ella negó con la cabeza, yo observaba la escena, ajeno a todo aquello. Por alguna extraña razón solo podía imaginar los distintos planos y ángulos desde los cuales podría mostrar esa curiosa escena en un corto cinematográfico. Consecuencia de mi estrés por el trabajo parcial de este semestre en Apreciación Cinematográfica. 

Entonces me percate de que algo andaba mal, sobre la mesa coloco un vaso de cristal con un líquido ámbar anaranjado. Despedía un olor a licor y pese a moverse fluidamente, aparentar estar bien. Sus ojos reflejaban un brillo opaco y gris. Seguramente había estado bebiendo todo el día. 

Me miro sin importancia, quizá no me reconocía. Después de todo, solo había acompañado a mi padre un par de ocasiones durante mi infancia y adolescencia. -Disculpa la molestia.- Explico despacio. -Terminaremos lo más pronto posible.- añadió y ayudo a su hija a buscar el CD de instalación. -No hay problema- Respondí. Observe el vaso de cristal, seguramente era whisky con algo de agua mineral y ginger ale. 

El piso de arriba del local estaba en silencio, generalmente se colaba música o risas. El lugar parecía un poco desordenado y el ingeniero tenia un aspecto descuidado, alicaído y triste. Mire la pecera que se encontraba al lado de una hilera de computadoras, solo había 4, recordaba que años atrás había cerca de 20. No había rastro de ninguna fotografía de su esposa. 

Así que eso era, esa debía ser la explicación de su aspecto, del aspecto del local y posiblemente de su casa. A lo largo de mi experiencia poco grata con el amor, se que la ruptura te sumerge en un periodo de crisis emocional que dura indefinidamente hasta que logras recuperar un sentido de autoconservación. Lo cual no es imposible, pero si complicado. 

La barra de carga estaba al 75%, en unos 3 min. el programa podría funcionar. -¿Eres diseñador gráfico?- preguntó el ingeniero. Aquella pregunta me saco de mis pensamientos. -No, soy estudiante de cine.- Respondí. El me miro sorprendido, quizá no esperaba esa respuesta. -Cine- Exclamó. 

-Definitivamente no lo hubiera imaginado- Sonrió. -Te recuerdo.- Hizo una pausa para beber un trago de su vaso. -¿Cómo está tu padre?- Inquirió. -Bastante bien, como siempre lleno de trabajo- Respondí. El asintió en señal de comprensión, yo entendía ese sentimiento de vacío. La chica me miraba con curiosidad, tal vez no esperaba que la charla con su padre tomara ese rumbo. 

Unos minutos después el segundo disco estaba en impresión. El seguía bebiendo y el silencio se apoderó del local. Pensé en el momento en que entré por primera vez a aquel local, quizá habían pasado unos 14 años, recordaba vagamente a su esposa y su hija, el tiempo suele nublar algunas cosas. Además, normalmente no puedo reconocer a algunas personas, aunque ellas a mi sí. 

La chica me entregó los discos terminados en un sobre transparente cada uno, murmuró algo a su papá que se despidió de mi con un “saluda a tu padre por mi”, antes de subir las escaleras despacio, pero sin ningún problema. -Perdón por hacerte esperar.- Me dijo ella sin perder el ánimo en su voz. 

Yo le sonreí y le dije que no había ningún problema. Me despedí con un movimiento de mi mano derecha y una sonrisa. Sali del local con un pensamiento agridulce. En estos tiempos digitales y tecnológicos, el amor análogo sufre del olvido. Escucho normalmente hablar a mis padres sobre la promesa que se hicieron hace tiempo, cuando se casaron y decidieron formar una familia. De cierta forma me dan una manera de percibirlo, de confiar en la idea o concepto que tengo de él. 

Entonces mientras camino por la calle, pienso en el ingeniero. Bebiendo whisky con ginger en un vaso de cristal. En su hija, que quizá tiene un par de años menos que yo, pero tuvo el valor de quedarse y apoyar a su padre en la ruptura. Pienso en los números que permiten la codificación de sentimientos y en la manera en que nosotros humanos lo procesamos.


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Autor: Zoé Z. Márquez Martínez
(Un Gato Negro Escritor)

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