Catarsis
Mi abuelo llegó a mi casa temprano y desayunó con la familia, algo fuera de la rutina. Mientras bebía su jugo de naranja y comía despacio sus rebanadas de pan tostado con mermelada, yo caminaba de un lado a otro en mi habitación con una taza de café en la mano.
-Maldición- Exclamé casi gritando, llegaré tarde como siempre. Moon quien me observaba sentada desde la cama, maulló ligeramente en señal de molestia. -Lo sé, apagué la alarma y volví a dormir sin más- Respondí. Normalmente me levantaba, metía todo en la mochila y luego bajaba a desayunar. Moon siempre dormía un poco antes que yo y despertaba tan pronto la alarma empezaba a sonar como un murmullo que gradualmente se hacía más fuerte.
Algunos minutos después de desayunar, me cambiaba el pijama y salía apresuradamente rumbo a la parada del bus.
Moon me despedía sentada en la ventana de mi habitación, viéndome caminar o correr calle abajo en espera de mi regreso a casa, ocasionalmente cuando no volvía temprano o no llegaba a casa. Se molestaba e ignoraba durante un tiempo, claro que se le pasaba con una ración de sus bocadillos favoritos.
Esta mañana, sin embargo, prefirió salir al jardín junto a Lucky, un pastor alemán que le hace compañía durante el día. Yo me brinqué el desayuno y solo coloqué mi taza vacía en el fregadero. -Ya la lavaré cuando vuelva- Pensé.
Justo al brincar los últimos dos escalones, vi que mi abuelo se levantaba de la mesa, se despedía de mis padres y se dirigía a mí. -¿Estas listo?- Preguntó en un tono ronco y serio, muy habitual en él. Mierda, no esperaba que esa fuera la razón por la que estuviera en la casa. -Tomaré el bus o un taxi, no debes preocuparte- Intenté argumentar en vano. No necesitaba una charla incómoda sobre mi comportamiento.
Su mirada imponía severidad, realmente estaba en problemas o quizá no, pero definitivamente sería imposible escapar de ello. -Bien, gracias por llevarme.- Murmuré mientras salía de la casa tras el y subía al auto, casi instintivamente saqué los audífonos de mi mochila, los conecté al teléfono y pulse play.
El conducía por la autopista y yo miraba por la ventanilla, no tenía nada con que iniciar una conversación. -Tu papá me conto lo que ocurrió la semana pasada- Comenzó. Detuve la música y me quite mis audífonos, estaba dispuesto a escucharle, esta vez tenía sentido.
-Me siento mal por ello, pero no hay nada que pueda hacer.- Respondí seriamente. El me miro fugazmente y prosiguió: -No es necesario que te sientas mal por ello, solo evita que vuelva a ocurrir.- Hizo una pausa. -Te conozco bien ¿sabes?, te vi crecer junto a tus hermanas y también te vi sufrir por aquello que no podías detener.- Guardo silencio, expectante de mi reacción.
Yo mire de nuevo a la ventanilla, me sentía fatal por lo sucedido, era cierto. Normalmente no me hubiera importado porque siempre me repetía que las cosas podían ser un total caos para terminar en un orden completo. Mas bien evitaba las consecuencias de mis acciones, excusándome en mi anarquía a las reglas impuestas. Aunque nunca había afectado tan directamente a otras personas, eso me pesaba.
-Fue irresponsable de mi parte, pero no puedo prometerte que no ocurrirá de nuevo.- Ahora miraba mis tenis sin expresión alguna. -Esta vez se salió de control, y también me hizo pensar.- Ya está, pensé. Tocaba fondo de nuevo, al filo de mi propia autodestrucción, pero esta vez también había destruido mi relación con algunas personas más.
El continuaba tranquilo, esperaba que su voz grave exteriorizara un discurso reprendiendo mis acciones y recalcando mi propósito de culminar la carrera. Sin embargo fue todo lo contrario.
-Siempre has sido rebelde, pero tienes talento.- Sonreía ligeramente. -El problema contigo, es que sabes que tienes el talento para lograr aquello que te propongas. Pero también tienes miedo.- Mierda, llegué a odiarle al igual que mi padre por intentar durante tanto tiempo limitar mis sueños.
Sabía que era algo totalmente diferente a sus puntos de vista y preparación. Esperaban que fuera abogado o médico, incluso antropólogo. Yo en cambio había tirado por la borda mi vida tres o cuatro veces, había entrado y salido de terapia durante un par de años. Incluso pasé un tiempo en rehabilitación tras mis excesos con el alcohol, todo aquello eventualmente me había llevado a considerar reestructurar mi vida.
Sin embargo, mis demonios interiores solían salir a flote ante cualquier mínimo atisbo de desestabilización emocional.
-¿Qué se supone que haga con el miedo?- Le pregunte mientras llegábamos a la universidad y el se detenía frente a la puerta principal. -Eso hijo, debes de averiguarlo tú, cada persona tiene un miedo diferente, pero si te dejas controlar por él, te destruirá a ti y todo lo que amas.- Colocó su mano en mi hombro. -Se que encontrarás la forma de enfrentarlo.- Concluyó.
Abrí la puerta del auto y antes de bajar, le mire a los ojos y exclamé: -Siempre supe que les era difícil entenderme, pero nunca dudé que me querían.- Mis ojos se enrojecieron. No me gustaba expresar mis emociones. -Y también los quiero, aunque suela decir que les odio.- Termine.
Él sonrió y se despidió, bajé del carro y entre a la universidad. Mientras caminaba por el andador, la mañana parecía menos gris. Algo había cambiado. Pero no parecía real.
-Catarsis-
Autor: Zoé Z. Márquez Martínez
(Un Gato Negro Escritor)
(Un Gato Negro Escritor)

Comentarios
Publicar un comentario